domingo, 3 de mayo de 2015

EL CENICERO

     Agarrado a un borde de la mesa del salón, Juan suplico con voz entrecortada a su mujer:

 -   Por favor, deja el cenicero y tranquilízate. 

María histérica, lejos de soltar la gruesa pieza de cristal le espetó:

     -    Como te acerques te abro la cabeza con él.
     -        María hablemos. Deja el cenicero y déjame que te explique.
-        No hay nada que explicar.  El carmín de esas colillas lo explica todo.
     -        Por favor cálmate – Juan intentaba a la vez tranquilizar a su mujer, y encontrar una historia creíble,  para explicar los restos que había en ese cenicero que les regaló su amigo Antonio el día de su boda.

Curiosamente, su mente se escapó fugaz y pensó que no le importaría que se hiciera trizas. Improvisó una posible excusa, aunque no se atrevió a darla como certera:

-        Ya sabes que Antonio y su mujer estuvieron aquí anteayer y seguramente fumarían mientras yo estaba en la cocina.

María levantó más el cenicero e hizo ademán de lanzarlo. Juan se agacho y se cubrió la cabeza de forma inconsciente, esperando el posible impacto.

-        Mira, mira... no me cuentes batallas. ¿Te crees que no limpio en casa?.  Además Ana no fuma, que es amiga mía.

-        Pues habrá entrado alguien en casa mientras no estábamos. - soltó Juan sin pensar.

El cenicero voló de lado a lado del salón y se hizo añicos detrás de Juan contra la pared.

-    Vale, vale....es mío.....es mío....

-    Como que es tuyo.

-        Si, - contestó titubeando – he de confesarte que tengo una fantasía sexual. Cuando estoy a solas me gusta vestirme de mujer.

-        ¿Qué dices?. Ven aquí –  María se acercó incrédula a Juan- ¡Anda si es verdad! – dijo María, descubriendo restos de pintura en los labios de su pareja. - Y por qué no me lo has dicho antes cariño – susurro en su oreja mientras le mordía la ternilla y agarraba su cintura.


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