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miércoles, 15 de abril de 2020

LA OFRENDA






No recuerdo mi edad en aquel momento, pero nunca olvidaré su cara aunque no lo haya vuelto a ver.

Fue una amistad de esas que surgen de una tarde de copas y soledad. En el centro de Madrid, dando un paseo hacia ninguna parte. Mis pies de forma automática me llevaron a los soportales de Aurrerá. Había un local nuevo y el portero me invitó a entrar y a la segunda cerveza. Solo había hombres dentro. Pensé tomarme las cervezas y largarme. No por nada en especial, pero nunca me han atraído los lugares sin alguna fémina donde distraer la mirada.

Pero mi compañero de barra comenzó a darme la chapa. Sobre lo que había en televisión....no recuerdo bien. Me invitó a otra cerveza.....El caso es que acabamos en el cuarto de atrás del bar junto con otros cuantos parroquianos.
Era una reunión pequeña en un cuarto angosto. Todos parecían conocerse. Mi amigo me presentó como si fuésemos colegas de toda la vida. La habitación era agobiante, tan estrecha que podría decirse que era un pasillo. No entendí muy bien para qué, pero el caso es que fui elegido para algo al día siguiente.

Estaba mareado, mi acompañante se ofreció a llevarme a casa en su coche y yo lo agradecí, aunque prudentemente no le di la dirección concreta. Nos despedimos quedando en el mismo lugar al día siguiente al amanecer.

Por la mañana cuando salí de casa me estaba esperando en la esquina de mi calle.  Inmediatamente me ofreció un chupito de aguardiente que acepté. Estaba bueno. Dulce y fuerte. Sabía a licor de ortigas. Por el camino me fue poniendo al día. El pueblo donde íbamos estaba apartado y tenía algunas cosas curiosas. Por ejemplo la alimentación. Siempre  se comía lo mismo. Por la mañana se desayunaban huevos crudos de gallina. A media mañana una especie de potaje hecho con arroz, pimientos y una legumbre de la que no recuerdo el nombre junto con un tipo de tubérculo semejante a la patata.
A medio día no se comía nada. Por la tarde carne macerada en grasa de cerdo y hierbas aromáticas y siempre, siempre se bebía té por la noche.

Estuvimos todo el día en la carretera y llegamos al anochecer. La gente estaba dispersa en un campo con forma de estrella y rodeado por un muro enorme que impedía la visión desde el exterior. Un pájaro lo sobrevolaba haciendo círculos siempre en el mismo sentido. Había muchas mujeres, de todas las edades y vestidas de blanco. Y cada una de ellas llevaba un pajarillo en el hombro.  Un cuervo tironeaba el pelo a las niñas y cada vez que eso ocurría ella le daba un pedazo de comida de su plato. El pájaro iba engordando poco a poco y hundía el pico en las tazas, como si descargara sobre ellas su saliva.

Había un hombre sentado en el centro de la estrella y servidores que atendían a todo el mundo. pero ellos no se ocupaban de él. En un momento dado aquel hombre grande gordo y completamente hirsuto se levanto. Apareció una comitiva con instrumentos y plumas. Cantaban y reían. Yo estaba boquiabierto. Apenas tenía resuello para hacer ni decir nada. Mi amigo que había desaparecido hacía rato me aproximó un vaso de té  y ya no pude recordar nada hasta que me desperté con una música estridente y entonces el ambiente cobró más ánimo.

Me di cuenta que estaba vestido con una túnica azul y no tenía nada debajo. El cuervo estaba en mi hombro y graznaba. Las mujeres pasaban frente a mí y bajaban las manos hasta mis ingles y acariciaban mi sexo de forma brutal. Yo las sonreía y daba las gracias sin poder evitarlo, aunque mis pensamientos intentaban resistirse. Vi que las dos últimas de la fila eran niñas de no más de doce años. Mi ética y educación no podía por menos de resistirse a aceptar aquello. Se aproximaban y yo no paraba de sentir aquella excitación que reventaba mi sexo y seguía agradeciendo las caricias con sonrisas y besos. Entonces llegaron las púberes. Yo estaba a punto de dejarme ir de placer. Se levantaron la capucha, retiraron la capa y pude ver que no tenían cara de niñas, parecían hombres viejos en cuerpos de mujeres adolescentes. Una de ellas agarró con fuerza mi sexo y de un solo golpe de cuchillo la otra lo segó de cuajo con gran júbilo de toda la asistencia. El cuervo tomó el miembro y lo llevó volando al hombre que dirigía la ceremonia. Yo  grité, pero curiosamente no me dolió, sino que tuve un gran orgasmo e inmediatamente perdí el sentido.

No sé el tiempo que pasó. Escuché un graznido de cuervo. Cuando desperté en mi cama, bajé las manos a mi entrepierna y el pájaro aun estaba allí.





domingo, 18 de febrero de 2018

UN PARAÍSO ENTRE LOS PECES.

     Bucear en el lago que había junto a la casa a su lado, fue lo único que recuerdo bello y sosegado de mi vida. Te acostumbras pero no descansas. La vida en el límite devora el tiempo y el cerebro. Llega un momento en que el deseo de parar es mas fuerte que el de vivir.

— Sam, por nuestra amistad. — Me descalcé y me senté en la silla que me ofrecían— ¿Puedo pedirte un  favor?.

— ¿Si está en mi mano Jonny?

     Noté el agua fría sobre mis pies ya grises.

—  Si entras en la casa en el armario del porche hay unas gafas y una botella. La última vez la dejé sin oxígeno. Tu sabes como llenarla. 

— Vamos Jonny deja ahora eso.

— Solo quiero que me lo pongas. Quiero ver de nuevo el paisaje del fondo del lago.

Sam hizo un gesto de disconformidad mientras removía el barreño.

 — Por favor Sam me lo debes. Recuerda cuando eramos jóvenes. Nuestras juergas por los antros de Chicago. Cuando nos juramos amistad eterna.

     La presión en los dedos de los pies se hizo mas fuerte. Los tenía helados y me dolían. Sam se puso en pie con el rostro triste.

— Esta bien.  Dime una cosa Jonny, ¿Mereció la pena? ¿Por qué con la chica del jefe?

     Quedé pensando en el último año junto a ella. Estuve callado mientras Sam llenaba de oxigeno la botella de buceo. Mientras me la colocaba en la cara respondí:

- Si Sam. ¿Sabes? Creo que sentí eso del amor. Mereció la pena.

      Sam asintió y dejó la botella en mi regazo.

 —  Me alegro Jonny. El cemento ya está duro.Tienes media hora de oxígeno... ¡Oye! Tu sabes que esto no es personal. ¿Sin rencores?

— Lo sé Sam. Sin rencores.

— Adios Jonny, hasta pronto.

    Tomaron la silla entre dos y me arrojaron desde el muelle. Con mis pies aprisionados en aquel barreño lleno de cemento, caí rápidamente y quedé torcido en el fondo de roca. La paz y el silencio me rodeaban.

     Y entonces la vi de nuevo nadando desnuda delante de mi, entre el banco de peces plateados.

lunes, 19 de junio de 2017

NO APTO

           



            - ¿Y por qué yo no?. 

           Madre siempre te pones en el lado negativo conmigo. Sí, y lo sabes. Si fuera mi hermano seguro que no te ponías así.

            Mira al hijo de la Nati. A ese lo han cogido para el equipo, no sé por qué a mí no me pueden seleccionar. Yo soy más fuerte que él. Mira, a veces nos hemos peleado y siempre le he dado una buena tunda.

            Ya. Ya sé que para el fútbol no es solo fuerza lo que se necesita madre, pero yo también le doy bien a la pelota. No sé si lo sabes, pero en el recreo del instituto nunca me dejaban para los últimos cuando echaban a pies para hacer los equipos...Y por algo sería.

            No empieces con lo de que estoy gordito.... Quizás sea verdad, pero ya se lo he dicho al entrenador. Que en un par de meses puedo perder diez kilos. Sí, no te rías tu también. 

            ¡Claro!. Claro que hablé con el entrenador. ¿Qué te crees?, ¿que hago las cosas a lo bruto?. Lo que pasa es que él no me hizo ni caso. Cuando hicieron las pruebas no estuve ni cinco minutos en el campo. Enseguida me cambió y no me dejó ni tocar un balón. Y con aquella risita..... Aquella risita suya ha tenido mucha culpa. Es que me sacó de quicio.

            ¿Y que querías que hiciera?.... Yo solo quiero que oiga mis razones. Que sepa que puedo adelgazar y que me vea como toco el balón. Y sobre todo que daría cualquier cosa por el equipo. Solo quiero sentarlo frente a mi y que me escuche.

            Madre, tu siempre me dices que hay que tener imaginación para conseguir las cosas que queremos. Y ahora me bienes con que está mal.

            Pues claro que sé que no está bien. Madre que ya tengo 18 años. Pero no pude evitarlo. Era la única forma, y cuando lo vi allí solo en el vestuario, me vino su risa burlona a la cabeza y no lo pensé.

            ¿Pues como lo voy a hacer? Le golpeé con un taburete por detrás. No, no me vio nadie, ni siquiera él. Menudo es de grande. No veas cómo me costó arrastrarlo.

            Pero madre.... 

            Está bien. Vale. .....Lo llevaré a su casa y lo dejaré allí. Sí, en el jardín y sin que me vean.

            Que no madre. ¿Te crees que soy tonto? He dejado el maletero un poco abierto para que respire.....Vamos ¡No creo!.

            ....

            ¡Madre! Pues tenías razón. Habrá que encender el horno.

domingo, 4 de junio de 2017

LAZOS ROTOS

 Me sorprendió el sonido del ladrillazo en su cabeza. Fue distinto de las otras veces. Supongo que por la ausencia de pelo. Pero sonó como hueco. Me recordó a mi padre cuando comprobaba la madurez de una sandía en el puesto de la rotonda.

     Me dejó tan sorprendida, que no pude evitar arrodillarme y golpear su coronilla calva con los nudillos.  Suena como un coco vacío, pensé. Tuve que levantarme rápidamente, el charco de sangre densa se extendía como la lava alrededor de aquella cabeza brillante.

     ¡Los hombres son tan predecibles!. Solo tienes que decirles que te aprieta el zapato para que se arrodillen delante e intenten tocarte la pantorrilla. Y tienen unas manías. A éste le dio por acariciar el lacito de brillantes entre mis dedos. Creí que me lo arrancaba.

     Miré de nuevo a ambos lados del callejón. Todo oscuro y deshabitado. Que incomodidad caminar con tacones por estos callejones empedrados.

     Por fin en el camerino. Realmente estos zapatos son terribles. Con estas cintas de brillantes que se clavan en el empeine.

     - ¡Ninet!. ¿Puedo pasar? - Es la voz del utillero, tan chismoso como siempre. Primero mete la cabeza y luego pregunta  - el productor me envía a por los zapatos. Qué manía tiene con que son muy valiosos y que no se me despisten. ¿Sabes? Han encontrado al duque de San Esteban muerto en el callejón. Hay un lío de policía que ni te cuento. Bueno me voy, a ver de qué me entero.

     El gran duque de San Esteban. Un baboso como todos. Otro que ya sabe que "no es no".

     - ¡Ninet por Dios!. - Otra vez éste. Que querrá - ¡Ninet! Has perdido el lazo de brillantes del zapato izquierdo.

martes, 30 de mayo de 2017

REENCUENTRO

     


     Acurrucado tras el periódico al fondo del vagón, observo ansioso a los que suben. 

     ¡Lo sabía!. Siempre linea C5,  Villaverde-Alto, 7 de la mañana. Era una mujer de costumbres y no va a cambiar a los 53. Y sigue teniendo unas pantorrillas preciosas.

Conversa con el niño. Aun puedo imaginar su voz. Cómo no, si compartimos casi 27 años.

Se la ve algo más vieja pero sigue siendo guapa. La cicatriz en la mejilla la estropea un poco, aunque casi no se nota. Será por el maquillaje o se habrá operado  la muy zorra. 

Parece nerviosa. Quizás le han avisado de que ya he salido.

sábado, 5 de noviembre de 2016

OUTLET

   Desde el primer momento. Desde ese día que me abrió su puerta, sonriente y con esos ojos profundos que me atraían como un pozo sin fondo. Desde ese día me cautivó.

   Primero la visitaba a deshoras y esporádicamente. Luego llegué a venir hasta tres veces a la semana. Cuando perdí el trabajo tuvimos que dejarlo en una vez al mes. Ya sabe...la crisis puede con todo. Pero no con nuestro amor.

   Lo de menos eran los 50 Euros que le dejaba en la mesilla. Y que algunos meses tuviera que comer en la beneficencia para poder estar con ella.

   Desde hace dos años nos vemos cada primer miercoles de mes. A última hora. Ella solo trabaja los días laborables hasta las 11. No tiene a nadie que la controle, ¿sabe?. Eso es lo primero que me informé cuando vi aquel anuncio: Española, liberal y cariñosa y al lado su foto con aquellos ojos. Y debajo: Por 50 Euros todas tus fantasías.

   Y yo sabía que ella me correspondía porque siempre despues de las 11 nos tomábamos juntos una cerveza en el bar de la esquina. Bueno en invierno un chocolate con churros que la encanta. Me apasionaba verla reir a carcajadas cualquier ocurrencia que la contaba. Y como abría asombrada esos ojazos negros, oscuros en los que brillaba el neon de las luces del bar.

   Y la cuenta, una vez la pagaba ella y otra yo. Así que lo hacía porque en cierto modo me quería y me trataba como alguien especial para ella. Yo sabía que me cuidaba mejor que a todos los otros y eso para mí era suficiente.

   Pero esta tarde, hoy primer miercoles del mes de julio... Quiso la mala suerte que en el metro encontrara un periódico de hace meses abierto en la sección de contactos. Y allí estaba ella. La misma foto de hace diez años......Al principio me gustó verla y recordarla como era. Con la misma ropa y mirando con esos ojos que no han cambiado. Y debajo el texto: "Por 30 Euros todas tus fantasías".

   Algo me recorrió mi espalda y me hizo un nudo en la garganta. Comencé a llorar y la gente del vagón me miró como si estuviera loco. El viajero de al lado me sujetó preguntándome si me ocurría algo. Me zafé de sus manos, me levanté del asiento. Apenas pude llegar a la estación. Cuando llegué a la superficie tuve que parar a tomar aire. Recorrí entre sollozos las calles hasta llegar a esta casa, con el periódico apretado entre mis manos.

  Ella notó que algo me pasaba. Supongo que llamé de forma histérica al timbre de la puerta, pero aun así me sonrió como de costumbre y casi pude verme reflejado en la oscuridad de sus pupilas. 

  Se que la agarré del cuello y sobre la cama me perdí en esos dos pozos oscuros que cada vez estaban más dilatados y profundos.
......
  Luego les llamé a ustedes y esperé.

  El oficial que me escuchaba se levantó y se dirigió a su compañero.


- Ha confesado. Parece que la mató simplemente porque le cobró 20 Euros de más. Hay que estar loco. 

jueves, 21 de enero de 2016

DIA DE PAGA



" El lunes comienzo" – Pensó Mateo mientras se miraba al espejo del cuarto de baño.

Era un espejo pequeño. Margarita su mujer, quería poner un espejo más grande, pero él no veía sentido a gastarse dinero en eso. ¿Para qué?. En un cuarto de baño, tenían bastante con el armarito de tres puertas con espejo en cada una, que además le servía para verse las mejillas al afeitarse cuando abría las laterales.

Se separó un poco, se puso de perfil e inclinó el cuello hacia el cristal para intentar verse el cuerpo entero. O al menos el abdomen, que metió hacia adentro inspirando y trasladando el aire hasta el pecho. Al tiempo se pellizcó los pliegues de la tripa que no consiguió disimular.

“Con un poco de constancia, seguro que en un mes hago que desaparezca esto". – Siguió pensando - “Y esta vez lo consigo, porque tengo un buen aliciente”.

Como si fuera un futbolista que acaba de marcar un gol, subió los dos puños a la altura de la cara a modo de boxeador y los movió levemente y de forma rápida adelante y atrás, mientras se gritaba a sí mismo “siiiii”. Una sensación de satisfacción recorrió su cuerpo y le hizo sonreír.

Continuó afeitándose con más esmero que nunca,  diciéndose, que se lo merecía. Se merecía un poco de buena suerte.

Después de catorce años, aguantando un matrimonio aburrido con dos gemelas. Porque si al menos hubiera tenido un varón con el que jugar al fútbol o irse a hacer deporte o salir a cazar..... Pero fueron dos chicas. Y además de lo más ñoñas y parecidas a su madre.

Joder como había cambiado Margarita. ¡Es que fue inmediato!. Casarse, tener las dos gemelas y volverse insípida y aburrida. Y gorda porque nunca hizo nada por recuperarse de los kilos que cogió en el embarazo.... En ese momento vio las grandes bragas-faja colgadas de la ducha. Las cogió y las escondió en un cajón del mueble de baño. “Debo recordar volver ponerlas ahí esta noche”, y para no olvidarlo, puso con ellas el colutorio que usaba antes de acostarse.

Margarita se había ido ayer viernes con las niñas al pueblo a casa de los abuelos. Habían quedado en que él iría el domingo a recogerlas. Este sábado le tocaba trabajar en los almacenes donde era encargado de planta y no podía ir al cumpleaños de su suegro.

“Joder por fin un poco de suerte”. - Y se le vino a la cabeza la imagen de Lucrecia. Con veintitrés años, que distinta era de Margarita. Es verdad que era joven, pero muy madura mentalmente y aunque él era quince años mayor que ella, Mateo no veía que desentonaran como pareja cuando caminaban juntos. 

Ella habitualmente vestía el uniforme de la tienda, y él aun tenía bastante pelo. “Además en un mes estaré mucho más estilizado” se dijo dándose dos palmaditas en el estómago y sonriendo de nuevo al espejo.

Terminó el afeitado, eliminó el jabón sobrante de la cara y aunque aun no había agotado su “aftersave” habitual, estrenó la crema que le compro Margarita para su cumpleaños hacía una semana. También sacó del estuche de regalo la colonia, y la dejó preparada para ponerse de ella tras la ducha.

Ya eran las siete de la tarde. Se conectó a Internet y llamó a través del servicio que habían contratado para no dejar rastro en la factura de los teléfonos. “Que hábil soy” se autoaduló mentalmente. Siempre tenía mucho cuidado en no pagar con tarjeta los regalos que pudieran ser comprometedores, y en que no quedara registro de sus contactos telefónicos. Lucrecia se lo había sugerido, así que hablaban de forma anónima a través de la red.

-        ¿Si? – Escuchó la voz de Lucrecia en los auriculares.
-        Hola cielo ¿Cómo vas?. – preguntó Mateo
-        Hola cariño. Ya estoy esperándote. Te he preparado una sorpresa. – Mateo notó en ella una voz picara y sensual.
-        Ufffff. No quiero ni imaginarlo. – E intentó poner un tono lo más seductor posible. – ¿Nos vemos en el café Comercial a las ocho?.

A ambos les gustaba ese café. El bullicio y los recovecos que tiene les permitían sentarse de forma totalmente anónima, a salvo de encuentros no deseados.

Mateo se vistió con una apariencia lo más juvenil posible. Unos pantalones azul marino de algodón de corte vaquero y una camisa también vaquera con dibujo de filigrana en los bolsillos del pecho. Se la había comprado Margarita hacía casi un año y solo se la había puesto una vez casi obligado por ella.

Antes de salir dio una vuelta a la casa, colocando todo de la forma más cuidadosamente descuidada que pudo, y escondiendo todo lo que pudiera hacer referencia a su mujer. Aunque tuvo cuidado en dejar las fotos de sus hijas. Siempre había presumido de amor paternal ante Lucrecia.

Tomó el metro y llegó a la glorieta de Bilbao un cuarto de hora antes de las ocho. Pasó por el cajero automático y comprobó que le habían ingresado el sueldo, así que sacó doscientos euros para poder pagar en efectivo lo que gastara.

Después entró en El Comercial y se sentó en la sala de la izquierda tras la escalera que sube al nivel superior. Ese era su sitio preferido y por suerte había mesa libre. Pidió un schwepps de limón para no estropear su aliento fresco y esperó nervioso.

Cinco minutos después se plantó ante él una joven vestida con lo que parecía un uniforme de colegio.

-        Hola papi – Le dijo, metiéndose un mechón de su negra cabellera en la boca con una mano enfundada en un guante blanco. Sus caderas se movían con la cadencia de una colegiala que recita la lección.

-        ¡Lucrecia! – Exclamó Mateo cuando la reconoció.

-        ¿Te gusta la sorpresa? – Y sonriendo, ella hizo un giró rápido haciendo que su corta falda tableada y de cuadros, mostrara aun más sus muslos.

Mateo estaba prácticamente hipnotizado:

-        Uuuufffff,  - resoplo – No sé que decir. Estás explosiva – Y mientras Lucrecia se sentaba a su lado y le daba un beso en los labios, no pudo evitar mirar su escote. Bajo la camisa blanca se mostraban rebosantes parte de sus pechos y la puntilla del sostén que los estrujaba.

-        ¿No me habías dicho que hoy estabas solo en casa?. – le soltó con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas de sus intenciones- Podíamos ir allí a pasar la tarde juntos.

Mateo no podía creerlo. Esos eran sus planes, pero no podía imaginar que sería ella quién se lo propondría tan decidida. Desde que coincidieron en el metro hace tres meses en el retorno del trabajo, Lucrecia siempre había sido muy atrevida y activa. Eso le gustaba. Hoy hacía cuatro semanas que ella misma le había dicho que le resultaba muy atractivo y él la había invitado a una cerveza en el Comercial, a dos manzanas de la casa donde ella vivía con una hermana.

Desde entonces solo habían hecho arrumacos y algún amago que no había llegado a obtener más que un beso en los labios y tocarse sobre la ropa. No habían tenido ocasión para más. Pero la suerte se había aliado con él, y Margarita había aceptado sin ninguna pega dejarle solo el sábado.

Mateo abrió la puerta de su piso absolutamente nervioso y después de cerrar, se lanzó literalmente sobre Lucrecia. La agarró por la cintura e intentó besarla en la boca.

-        ¡Eh! ¡eh! Espera..... Calma.... – Se zafó ella cariñosa y sensual – Me gusta jugar un poco.

-        A mí también – Sonrió Mateo. – Sobre todo con esa ropa que llevas.

-        ¿Te gustaría ver lo que llevo dentro? – Lucrecia, se puso de espaldas y se levantó la falda enseñando por menos de un segundo sus nalgas y su ropa interior blanca.

-        Eres una niña mala –  Sintió que había dicho una frase vulgar de película de destape de los años 70.

Lucrecia puso acento meloso y se sentó en un sillón:

-        Tú eres el malo profe. – El sillón era bajo y ella con los pies separados y apoyados en el suelo comenzó a juntar y separar sus rodillas. La falda quedaba sobre sus muslos y como si fuera una cortina, con cada movimiento ocultaba y dejaba adivinar la braga blanca al fondo del pasillo que formaban sus piernas.

Mateo estaba hipnotizado.

-        ¿Quieres quitármelas profe?.

Él se arrodilló delante de aquellas largas piernas. Lucrecia juntó las rodillas mientras Mateo ponía sus manos en la parte exterior de las pantorrillas brillantes y torneadas. Comenzó a ascender por los muslos bajo la falda. Estaba extasiado. No recordaba que nunca hubiera sentido esa suavidad de carne cálida y firme. Sus dedos llegaron a las caderas y allí encontraron el borde elástico de la prenda buscada. Agarró con ambas manos el elástico de las bragas y tiró hacia sí lentamente.

Miró a Lucrecia a la cara. Tenía su pequeño bolso en el regazo y su escote se mostraba entre la cinta que lo sujetaba a su cuello. Estuvo tentado a sacar una mano para desabrocharle la camisa, pero Lucrecia gimió y levantó el culo para facilitar la salida de sus bragas. Mateo tiró de ellas lentamente esperando con autentica ansia que apareciera la prenda al borde de la falda.

Por fin asomó por encima de las rodillas y Lucrecia separó un poco las piernas. Eso le permitió ver el dibujo infantil que había sobre la tela blanca de la prenda íntima. Un par de margaritas una roja y otra azul se cruzaban en la tela de algodón.

Sonrió y se iba a lanzar a morderla, cuando su mente retrocedió diez años y recordó ese dibujo en otra prenda igual. Fue aquel día borroso de borrachera en que él y sus amigos se divirtieron con la hija del vaquero del pueblo mientras ella sollozaba y suplicaba que la dejaran.

Volvió a la realidad y levantó la vista para mirar a Lucrecia a la cara. Pero sus ojos se quedaron prendidos de la oscuridad del cañón del revolver que lo apuntaba por delante de aquel exuberante escote.

Entonces escuchó la voz pausada de Lucrecia. La rabia en su timbre árido y duro, desconocido hasta ahora, le desgarró el oído:

-        ¿Las recuerdas verdad?. Yo tampoco he olvidado tus manos al quitármelas.

Mateo bajó la cabeza y volvió a mirar el dibujo.

Oyó un estampido y vio como las dos margaritas se convertían de sopetón en un manchón rojo.

No tuvo más tiempo. Ni siquiera para borrar la estúpida sonrisa que se quedó congelada en su cara.

lunes, 2 de noviembre de 2015

CITA EN POLVORANCA




Estoy tumbado sobre el sofá y miro la combinación de muebles en la habitación. Sus colores vivos que le gustaban a mi mujer. Y el sofá de color rojo que contrasta con el amarillento crudo de la pared. Hacía tiempo que no me sentía tan relajado.

Acabo de regresar del parque Polvoranca. He estado corriendo un poco, ya que dicen que es bueno para la salud. Hoy es el tercer día alterno que salgo a hacerlo y aunque voy a un paso más bien lento y pesadote, como corresponde a una persona de más de 50 años de óxido, la idea es ir poco a poco mejorando.

Ha amanecido un buen día para ello. El cielo nuboso y gris pero alto, permitía prever que a pesar de que el sol no iba a aparecer, tampoco llovería. Y aunque el ambiente era plomizo yo estaba de buen humor y dispuesto a dar una vuelta completa al embalse de Mari Pascuala, que por si no lo sabéis, es el nombre del lago del parque.

Pantalón corto de deporte azul, camiseta ancha de algodón gris y zapatillas deportivas, podría decirse que iba con indumentaria tradicional antigua. Ahora los corredores van con ropas de colores vivos y se llaman "raners".

Para dar una nota de modernidad, me he colocado el móvil en el brazo, con una especie de brazalete al efecto que me he comprado, y me he puesto los cascos en los oídos. El tono de la música apenas audible, ya que me gusta escuchar lo que sucede a mi alrededor.

Pues con estas trazas salí de casa y comencé a trotar, sintiendo un poco de frio, la verdad. Pero bien sabía que iba a entrar en calor rápidamente.

Una vez pasada la puerta principal del parque desde Leganés, tomo el camino lateral izquierdo que se dirige en línea recta al estanque. Más o menos a la mitad de este trayecto oigo unas risas estridentes tras de mí, si lo conocéis, exactamente al pasar ante el centro de estudios de aves.

Ni siquiera giro la cabeza, ya que aprecio que son risas jóvenes e imagino que pasarán como una exhalación a mi lado.  Sin embargo tras unos cincuenta metros, comienzo a oír detalladamente los comentarios de uno y las risas que causan en otros. Vuelvo la mirada y veo que un chaval de unos 15 años con camiseta roja, va imitando mi forma de correr, haciendo una caricatura de mis pasos mientras otro tararea la música de Rocky Balboa subiendo las escaleras. Y el muy cabrón me imita bien, tengo que reconocerlo.

Cuando se da cuenta que lo estoy mirando, me dice, "Que pasa abuelo, ¿entrenando para el maratón de San Silvestre?". Los otros tres jóvenes de la misma edad que le acompañan se parten de risa. Yo los he sonreído y me he limitado a levantar las cejas en señal de resignación. 

En esto seguimos corriendo y ya estamos comenzando a dar la vuelta al lago. El lugar es más bien solitario, entre árboles, patos y ocas que picotean el césped al lado del camino. Otro de los muchachos suelta con cierta gracia, (que maldita la que me hace a mí):  "pues primero deberá curarse las almorranas, que las debe tener hinchadas según corre". Las carcajadas de los otros me causan cierta vergüenza y seguramente sonrojo en mi cara.

Aprovechando que hay un banco a la izquierda del camino, me paro a recuperar el aliento, y apoyo mis manos en las rodillas agachándome un poco. Cuando pasan a mi lado el de la camiseta roja, se dirige hacia mí con cierto aire macarra. 

Inconscientemente tapo mi móvil que es lo único que llevo de valor, pero se limita a darme dos golpecitos medio colleja, medio cachete, que como no me esperaba, me dejan un poco asustado. "Descanse abuelo que ya ha cumplido hoy. Seguro que esta noche duerme bien", me suelta mientras se alejan.

Entonces me he sentado en el banco y he respirado tranquilo mientras los veía acelerar el paso y los oía como seguían riendo.

No sé el tiempo que estuve sentado. Sin pensar en nada, o pensando en algo, o sintiéndome ridículo o incluso viejo efectivamente. Mi perfil físico ha sido siempre atlético y no recuerdo que nadie se haya metido conmigo de forma tan agresiva.
Por desgracia los muchachos dieron la vuelta al lago y regresaban otra vez por mi izquierda. Cuando los veo, ya es tarde y se dirigen hacia mí. Me quedo sentado un poco tembloroso y temeroso de lo que pueda pasar. 

Al llegar a mi altura el de la camiseta roja levanta su mano y yo hago lo mismo con mi brazo izquierdo para cubrirme. La artritis reumatoide que arrastro en ese hombro me produce un dolor punzante. Pero mi brazo derecho conserva toda su fuerza y vigor, así que en un movimiento inesperado agarro al chico por el pescuezo y haciendo presa en él, rodamos al suelo, con gran revuelo de los patos y gansos que nos rodeaban.

Apretando y haciendo que notara la estrangulación aprendida en mis años de militar, con mi mano izquierda saqué el machete de la legión que siempre me acompaña. En un solo movimiento se lo puse debajo de la nariz, de forma que él sintiera su filo y sus amigos vieran el brillo de aquella hoja de cuarenta centímetros.

- "Di a tus amigos que se vayan o te juro que te rebano la nariz". El chico estaba en estado de shock y tuve que aflojar un poco la presa para que pudiese hablar.

 Se lo repetí 

- "Que se vayan coñó"-  grité.

- "Iros por favor iros". Balbuceó el muchacho.

No pude contenerme y le corregí:

 - "Se dice idos, ¡joder!. Es imperativo, ¿no os enseñan nada en el colegio?".-  Siempre me ha fastidiado el mal uso del infinitivo en su lugar.

- ¿Qué edad tienes? - Le pregunté.

- Dieciséis - tartamudeó él,

- Yo tengo cincuenta y seis - Continué poniendo voz paternal - Justo cuarenta años más. Te voy a plantear un desafío. Tú te ríes de mi, pero me gustaría verte a mi edad. Te reto a una carrera. Aquí dentro de cuarenta años, ¿qué te parece?.

El chaval debió pensar que estaba loco. Puede que lo esté un poco. Diez años viviendo solo dan para tener muchas locuras en la cabeza.

- Dime ¿aceptas? - Y le apreté el filo contra su incipiente bigotillo.

- Vale - Me contestó, supongo que pensando que le soltaría.

- Pero cuarenta años es mucho tiempo. Voy a hacer algo para que no se te olvide la fecha - dije mientras con el machete cortaba su camiseta. Puse mis piernas sujetando sus brazos y sentado a horcajadas en su estómago, comencé a grabar con la punta del cuchillo en su pecho 01/10/2055. El chico gritaba al principio y era complicado. Los dígitos del día y del mes quedaron un poco torcidos, pero el año quedó perfecto después de que se desmayara al notar el frio del acero sobre el hueso del esternón.

Limpié un poco la sangre del pecho con su camiseta, y pensé "Lo tenía que haber grabado al revés para que se lo vea bien en el espejo".  Pero como no podía borrarlo, lo dejé así. Limpié también  el cuchillo y puesto que ya había descansado un poco, regresé con el paso más ligero que pude, intentando cerrar un poco las piernas para disimular que efectivamente padezco de hemorroides.

Que placer tomar una ducha caliente después del ejercicio. El agua resbalaba por mi cuerpo y mis manos, y dejaba regueritos sonrosados sobre el blanco de la bañera. 

- "¿Donde he dejado el machete?- pensé -  Espero no haberlo perdido, lo necesitaré ahora.".

Saqué la cabeza por la cortina de la bañera y lo vi en el suelo dentro de su cinturón. Eso me tranquilizó y continué un rato más disfrutando del agua caliente y vaporosa.
Cuando salí intenté mirarme en el espejo de pared que tengo en el baño, pero estaba totalmente empañado. Lo limpié una vez pero el vapor era persistente, así que abrí la puerta y tuve que repetir la operación por tres veces. 

Por fin apareció allí mi cuerpo envuelto en el albornoz amarillo. Anudé fuerte el cinturón a la cintura y me saqué las mangas para que quedara mi pecho al descubierto.
Tomé el machete y sonriendo pensé, "aquí sí que lo grabaré al revés". Entonces apreté fuerte para que la incisión llegara hasta la misma alma, ya que el cuerpo es probable que no existiera en el 2055.

Epilogo
Como os decía al principio, estoy relajado y tumbado sobre el sofá. No me duele nada. Que acierto haber elegido el color rojo para el sofá.