jueves, 23 de abril de 2015

PESADILLA.

Madrid, 20 de octubre de 2014.
Taller: Tema Relato corto sobre un suceso extraño que nos haya ocurrido.

Recuerdo la noche del viernes 31 de Octubre de 1981. Lo recuerdo porque al día siguiente como todos los años en la festividad de todos los santos, íbamos a ir al pueblo toda la familia.

Mis padres y mis dos hermanos, vivían en la casa paterna, pero yo hacía unos meses que me  había independizado. Cuando comencé a trabajar, me compré un piso en Carabanchel. Justo entre la cárcel y el cementerio, y aunque solo tenía una cama, una mesilla, un sofá y una televisión, me fui a vivir allí a mis 20 años.

No voy a decir que no tenía cierto miedo. Como la casa estaba vacía y sin muebles, el eco de cualquier crujido nocturno se amplificaba, así que para darme un poco de tranquilidad, guardaba un enorme cuchillo bajo el colchón de la cama.

Pues sí, recuerdo aquella noche perfectamente. Como todos los viernes, había salido de copas con mis amigos. Y la verdad, fue de las pocas noches que tuve cierto éxito con las chicas. Me había enrollado con una y hasta nos besamos y nos pasamos nuestros teléfonos. La acompañé a casa, ella tenía que estar como muy tarde a las 12, y regresé con mis amigos con los que me tomé una última copa.

Serían las 4 de la madrugada cuando llegué. Estaba mareado y ni siquiera me lavé los dientes. Fui derecho desde la puerta al dormitorio, sin pasar por ninguna otra estancia de la casa. No encendí ni la luz. Como no tenía cortinas el brillo de las farolas exteriores, aunque tenue, me permitía ver la cama que era lo único que buscaba. Me desnudé y me dormí profundamente.

 No sé cuanto tiempo pasó. Yo estaba tumbado boca arriba y me despertó una sensación de que algo tocaba mi cara suavemente. Quise abrir los ojos, pero me fue imposible. Noté claramente dos manos. Si, dos manos estaban palpando mi cuerpo y mi cara desde el pecho hasta la frente. Era como si alguien ciego estuviese tras el cabecero de mi cama, y desde allí recorriera cada resquicio de mi cara con las yemas de sus dedos para conocer mis facciones. Sin embargo esto no podía ser, ya que la cama estaba pegada a la pared.

Quería gritar, pero tampoco lo conseguía. Era una sensación angustiosa. Abría la boca y lo intentaba, pero los gritos se ahogaran hacia dentro de mi garganta en lugar de salir al exterior.

De improviso una fuerza incontrolable, levantó mis piernas hacia arriba. Rectas, sin doblar las rodillas se elevaban juntas desde la cadera, hasta casi ponerse perpendiculares al tronco. Podía notar el peso de la manta sobre los dedos de mis pies, y una presión en los tobillos como si tuviera una cuerda atada que tiraba hacia arriba.

Entonces supe lo que ocurría. Estaba soñando.  Debía despertarme y todo se esfumaría.

Alargué el brazo hasta el interruptor de la lámpara de la mesilla y encendí la luz. Para sorpresa mía, pude ver claramente, como los dos brazos que tenía sobre la cara, eran absorbidos por la pared. Mis piernas cayeron de golpe sobre la cama y me permitieron ver una sombra que se escabullía desde mi habitación hacia el pasillo.

Por Dios, no estaba soñando. Lo que estaba percibiendo era cierto y además había alguien en casa.

Mi corazón palpitaba como loco. Rápidamente busqué el cuchillo y lo agarré con fuerza pero sin atreverme a salir de la cama. El viento de noviembre, soplaba tras la ventana, y a mí me parecía oír algo como susurros en el salón.

Me levanté intentando no hacer ruido. Apague la luz para que la sombra no me delatara, y con la leve luz que entraba por las ventanas, me dispuse a revisar todas las habitaciones de la casa.
Salí al pasillo y me dirigí directamente al salón, donde oía una especie de letanía.

En medio del esa estancia, mirando hacia la terraza y de espaldas al pasillo por donde yo caminaba descalzo, había una persona vestida con una especie de túnica blanca con capucha. Avancé hacia ella, cauteloso con la respiración contenida, y sin pensarlo le agarré de la cabeza con un brazo y rebané su cuello con el cuchillo. Era un cuchillo de sierra de cortar pan y pude notar como cada diente de la sierra restañaba al rasgar su traquea "....RRRRRRRR....".

En ese momento, me di cuenta de que eso no podía estar ocurriendo. El cuchillo que yo tenía bajo el colchón no era de sierra, sino más bien de carnicero. Había soñado que me había despertado, pero no lo hice y la pesadilla continuaba.

Tengo que despertarme, tengo que despertarme......Me concentré todo lo que pude en la tarea de despertarme. Me pegué bofetadas y efectivamente no me dolían, lo cual confirmaba mi estado. Pero no conseguía salir del sueño.

Tuve una idea, ya que no conseguía despertarme, tomaría el control de aquella historia. Regresaría a la habitación y allí estaría esperándome una chica estupenda y vestida con una lencería atrevida.

Abrí la puerta y allí estaba, sonriendo con un camisón que mostraba su goloso cuerpo. Le quise decir algo, pero en ese momento abrí los ojos y apareció la oscuridad, que poco a poco dejó ver el techo de mi habitación a la luz que entraba por la ventana. Efectivamente, desperté.

Está visto que si en este mundo no hay justicia, en el de los sueños tampoco.

Me levanté, hice un pis, bajé las persianas y me dormí hasta que llamara mi madre para ir al pueblo.

Se me olvidaba, también dí un par de golpes con los nudillos a la pared sobre mi cama para comprobar su solidez.


(Los comentarios y críticas son siempre agradecidos)

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